CUARENTENA ENTRE MEMORIAS

Escribo historias sobre mi vida desde los 12 años, pero paré a los 18 cuando intuí el riesgo de seguir escribiendo lo que me iba sucediendo y la posibilidad de que alguien lo leyera, ¡casualmente coincidió cuando tuve mi primer novio con los cuentos subsecuentes del primer beso, luego unas manos por aquí, y otra por allá! Eso se debe a que en todas las historias que he visto donde involucran un diario, siempre hay alguien que inoportunamente lo lee y termina afectando o interfiriendo con el drama, por lo que no quería que me sucediese a mí. Entonces me pregunto: si no quería que nadie lo lea ¿para qué escribiría sobre mi vida? ¿No les parece curioso?

Lo Interesante resulta ser, que empecé a escribir el diario el mismo año en que estuve a punto de morir ahogada. Siendo un jueves santo, en una playa muy conocida, en mi primer viaje a US y a pesar de eso, nada está escrito al respecto. ¡Ni una mención! Solo finalicé esas pocas hojas con lo que era para mi lo más importante del momento: acababa de terminar el 2do de bachillerato, y lo resumí listando los distintos chicos que me habían gustado ese año escolar, y que además cumpliría 14, ¡no sé cómo cupo 2 años de mi vida en unas 20 paginitas y hasta sobraron algunas. así decía al final del mismo: “cuando cumpla 14 que es el 28 de septiembre de 1983 a las 3 de la tarde, voy a tener: 168 meses, 5110 días y 203.280 horas de vida. ¡Ay que vieja soy ya! (por cierto, desde antes se notaba que matemática no era mi materia más fuerte. mis horas de vida en aquel momento serian 122.640. (calculando ahora)

Una de mis fantasías era la posibilidad de que mi historia de vida me superara una vez que dejara este espacio terrenal al contársela a mis hijos, pero ¡rapidito me bajaron de esa nube! ¡No les interesa!  Yo intenté mostrar lo que escribía a mi hija cuando tenía 15 años, como una manera de establecer algo así como una complicidad madre e hija, y ¿qué pasó? se aburrió como una ostra, no le llamó la atención, Total, ahora entiendo que esas son historias del siglo pasado, sin celular o internet.

Curiosamente la palabra que más se repite en mis tres diarios entre los 13 a los 18 es Dios:

Dios ayúdame, gracias Dios mío, y mi favorita: Ojala Dios quiera! Así escribía al empezar o terminar la historia del día o del mes. Lo otro que se repite, es mi sentimiento de culpa y arrepentimiento por dejar al diario abandonado algunas semanas, como si el fuese el aprobador de mis circunstancias, o como que al no escribir es como si no hubiese pasado en realidad. Me preocupaba mucho que las cosas buenas se me olvidaran, recuerden no había celular con cámara, ni Instagram para acumular recuerdos con fotos.

Antes, mi letra era más redondeada, los sueños eran dulces, los mayores retos eran obtener la mejor nota posible en el colegio o la universidad y las grandes aventuras consistían en las primeras interacciones con chicos. A veces lo poco usual era lo importante; como una y otra salida que muy esporádicamente hacíamos el fin de semana en familia en vez de ver la programación de películas repetidas de Venevisión durante los sábados calurosos en mi Valencia de antier.

Hay días de cuarentena que leer esas páginas de cuando tenía 12-13 años hacen sentido. Los Ojala que pasara!, que SI pasaron, los Dios ayúdame y la ayuda llegó, las aventuras que ponían las emociones a flor de piel tan significativas para un adolescente en su momento y tan pequeñas que se ven ahora. Si antes había hecho las paces con mi casa, ahora lo he hecho con mi pasado y mi niña interior. Ella fue responsable, decidida, muy miedosa y a pesar de todo, siempre tuvo sus metas claras y las fue alcanzando poco a poco.  

Todos estos pequeños diarios y otros cuadernos de mi vida de juventud, los recuperé cuando mi mamá me los trajo al mudarse de Venezuela, fue una gran sorpresa saber que esos recuerdos dispersos por mi casa, también eran como un tesoro para ella. Cuando los tuve conmigo, volví a reorganizar el rompecabeza de mi vida donde algunas piezas se habían extraviado en el olvido. Ahora todas esas piezas nostálgicas de historias de joven, comparten espacio en cajas de recuerdos con fotos, cartas o poemas de amores del pasado, boletos de viaje o conciertos y junto a ellos, papeles emotivos de otros roles en mi vida: las medallas de mis grados universitarios, las cartas del día de las madres, mis carnets de identificación de los lugares donde he trabajado, y uno que otro trabajo de manualidades de mis hijos. A estas alturas me estoy preocupando ¿seré yo un HOARDER de recuerdos?

O tal vez el Instagram oficial de la familia?.